El reloj marcaba las 7:43 p. m. La mayoría de los empleados ya se habían marchado. Solo quedaban luces encendidas en los despachos clave del piso ejecutivo, y el sonido lejano de una aspiradora industrial rompiendo el silencio del corredor.
Marcos D’Alessio seguía allí, sentado detrás de su escritorio, con la espalda ligeramente encorvada y los codos apoyados sobre la superficie de roble oscuro. El nudo de su corbata estaba flojo, su chaqueta colgaba del respaldo de la silla, y las mangas de su