La noche estaba cubierta por una neblina espesa. El silencio del vecindario era tan profundo que podía oírse el crujido de las hojas cuando el viento soplaba. Eran casi las once y media cuando los faros de un automóvil se detuvieron frente a la mansión de Isabella.
El motor se apagó, pero el corazón de Marcos latía como si aún siguiera corriendo.
Habían pasado tres semanas desde aquella noche en el restaurante. Tres semanas de insomnio, de whisky, de gritos ahogados, de llamadas sin respuesta.