Los días habían pasado con una lentitud cruel, como si el tiempo se hubiera propuesto torturarlo. Desde que Isabella desapareció de su vida, la rutina de Marcos se volvió una prisión sin aire. Ya no había calma en su mirada, ni paciencia en sus gestos. Todo lo que una vez lo definió —su temple, su seguridad, su control— se desmoronaba poco a poco bajo el peso del remordimiento.
Llegaba a la empresa temprano, pero no trabajaba realmente. Se encerraba en su oficina durante horas, observando sin v