El sol comenzaba a filtrarse entre las cortinas, iluminando con suavidad la habitación de Isabella. El amanecer traía consigo una tibieza distinta, como si el cielo intentara recordarle que aún había vida más allá del dolor. Por primera vez en días, Isabella se incorporó con un leve suspiro. Sus ojos todavía estaban hinchados por las lágrimas, pero dentro de ellos había algo nuevo: una chispa diminuta de determinación.
Caminó hasta el baño arrastrando los pies, y al mirarse al espejo sintió un