Cuando terminó la jornada laboral, Isabella apagó su computador lentamente. El reflejo tenue del atardecer se filtraba por los ventanales de la oficina, tiñendo todo de un tono dorado y melancólico. Aquel día había sido interminable, no por las tareas ni por las juntas, sino por el peso que llevaba en el pecho. Marcos le había pedido que esa noche lo acompañara a cenar con su tía, y aunque trató de parecer serena, por dentro la ansiedad la devoraba.
Caminó hacia el estacionamiento con paso lige