Marcos llegó a su mansión tras el largo viaje desde Italia, con la mente aún cargada de reuniones y papeles de los inversionistas. Pero al abrir la puerta, lo primero que percibió no fue el silencio de la casa ni la calma habitual: fue la mirada de Camilo, su mejor amigo, que lo esperaba en el vestíbulo con los brazos cruzados.
—¿Qué tal, amigo? —dijo Marcos, intentando un saludo ligero, aunque sabía que no habría bromas en ese momento—. Disculpa por haberte dejado solo tantos días.
Camilo no r