El auto avanzaba lentamente por la avenida que conducía a la mansión de Isabella. Las luces de la calle se reflejaban en el cristal del parabrisas, creando un efecto que parecía bailar con cada movimiento del vehículo. Isabella estaba en silencio, mirando el paisaje que pasaba, aún con el corazón acelerado por todo lo que habían vivido durante el viaje. Fernando, a su lado, conducía con calma, consciente de que ella necesitaba su espacio para procesar lo sucedido.
—Hemos llegado —dijo Fernando