Isabella se dejó caer en la silla de su oficina, aún con el corazón acelerado por la fuerte discusión con Marcos. El simple hecho de pensar en su mirada insistente, en esa forma de exigir respuestas, la había dejado tensa, como si hubiese estado en medio de una tormenta.
Apenas se acomodó, la puerta se abrió suavemente y apareció Charlotte, con su libreta en mano, pero sobre todo con esa sonrisa cálida que siempre le arrancaba un respiro.
—Te vi salir de la oficina del señor D’Alessio —comentó