Stephan
El bate crujió en mi mano cuando lo levanté, aun sujetando a mi torturador con mi brazo. Podía sentir el sabor de la sangre todavía impregnado mi boca y los murmullos en el piso superior. Por el galopar, estaba casi seguro de que había, al menos, media docena de tiradores esperando la señal para volarme la cabeza. Mientras que alrededor, el abanico de hombres de Sergei mantenía sus posiciones, bloqueando cualquier intento de escape.
Estaba jodido.
Nada les impedía, hacerme pedazos, exce