Oriana
El rugido del motor llenaba el silencio de la noche mientras el coche se deslizaba por las calles desiertas. Alexei conducía nervioso, sin dejar de comprobar en el espejo retrovisor si alguien nos seguía y tamborileaba el volante del Jaguar XJ6, constantemente.
Miré a Sthepan que se encontraba, recostado sobre mis piernas en el asiento trasero, respirando con dificultad. Su piel, normalmente dorada, estaba demasiado pálida y una fina capa de sudor cubría su frente.
Quité con suavidad los