Inicio / Mafia / Sombras en la piel / Órdenes en la penumbra
Órdenes en la penumbra

​Elena llegó a casa con el cuerpo vibrando bajo una descarga de adrenalina que se negaba a abandonar su sistema. Al cerrar la puerta de su apartamento, el sonido del cerrojo encajando dos veces resonó en el pasillo vacío como un disparo. Se quedó apoyada contra la madera, conteniendo la respiración, casi esperando oír pasos pesados al otro lado. El silencio de su hogar, que antes era su refugio, ahora le resultaba inquietante. Solo el zumbido monótono del frigorífico y el tic-tac rítmico del reloj de pared llenaban el espacio. Se quitó las botas de un tirón, dejando que cayeran sin cuidado, y lanzó el bolso al suelo. Sin encender una sola luz, caminó hasta el sofá y se dejó caer en él. La oscuridad le parecía más segura; en las sombras, nadie podía leer su confusión.

​No podía dejar de escuchar la voz de Marcus en su cabeza. “Mi hermano tiene buena memoria para las caras… y para los nombres que le llaman la atención”. La frase era un dardo clavado en su orgullo. ¿Qué significaba exactamente? ¿Steve la había mencionado en esa mesa llena de lujos y mujeres de alquiler? ¿O se había tomado la molestia de investigar quién era la enfermera que le había salvado la vida antes siquiera de poner un pie en el bar? La duda le quemaba en el pecho, mezclada con una rabia sorda por sentirse observada sin su consentimiento.

​Se levantó con movimientos erráticos y fue a la cocina. Se sirvió un vaso de agua fría, bebiéndolo de un trago, sintiendo cómo el líquido le helaba la garganta. Fue entonces cuando el teléfono vibró en el bolsillo trasero de sus jeans. El sobresalto casi hace que el vaso se le resbale de las manos. Pensó que sería Sara, comprobando si había llegado a salvo tras el altercado en el parking, pero al mirar la pantalla, el corazón se le detuvo.

​Número desconocido.

​Dudó. Su instinto de supervivencia, ese que había perfeccionado durante sus años de huida de Ryan, le gritaba que apagara el dispositivo. Pero la curiosidad, ese impulso masoquista que la empujaba hacia el peligro, fue más fuerte. Descolgó.

​—¿Sí? —Su voz sonó pequeña, traicioneramente frágil.

​Al otro lado no hubo palabras inmediatas. Solo el sonido de una respiración lenta, pesada y terriblemente controlada. El silencio se prolongó lo suficiente como para que Elena sintiera el vello de sus brazos erizarse.

​—¿Elena?

​La voz de Steve. Grave, ronca, cargada de esa autoridad natural que no pedía permiso para existir. Era la misma voz que le había agradecido en la sala de curas y la misma que había rugido en el parking minutos antes. Elena apretó el auricular contra su oreja, sintiendo que sus rodillas flaqueaban.

​—¿Cómo tienes mi número? —preguntó, intentando recuperar la firmeza.

​—Tengo mis formas —respondió él, con una sequedad que cortaba el aire—. No preguntes cosas que no te van a gustar saber, Elena. La información es un privilegio, y tú aún no te lo has ganado.

​El frío recorrió la columna de Elena. Esa era la respuesta de un hombre que no daba explicaciones, alguien acostumbrado a manejar la vida de los demás como si fueran piezas en un tablero de ajedrez.

​—No es justo —logró decir ella—. Tú pareces saberlo todo de mí, pero yo no sé absolutamente nada de ti. Solo tu nombre. Y ni siquiera sé si es real.

​Steve soltó un sonido bajo, una risa oscura que vibró a través de la línea.

—Justo no es una palabra que suela usar mucho en mi mundo. Pero si te hace sentir mejor… digamos que cuando alguien me deja una marca, me aseguro de saber quién es. Y tú me dejaste una, enfermera.

​Ella tragó saliva. El tono íntimo con el que pronunció "enfermera" le provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con el miedo. Era una posesividad táctica, una forma de marcar territorio a través de un cable telefónico.

​—¿Qué quieres? —preguntó ella, tratando de romper el hechizo.

​—Saber si estás bien. Ese imbécil del parking… ¿te llegó a tocar? —La pregunta no era una muestra de cortesía; era una indagación sobre si alguien había dañado algo que él consideraba de su interés.

​—Tu hermano se encargó de eso. Estoy bien —respondió ella con una amargura que no pudo ocultar.

​El silencio volvió a caer, denso como el plomo.

—No me gusta que te molesten —dijo él finalmente, su voz bajando un octavo, volviéndose más peligrosa—. Nadie debe ponerte la mano encima si yo no lo autorizo.

​—No necesito que me protejas, Steve. Sé cuidarme sola. He tenido que hacerlo durante mucho tiempo.

​—No te estoy ofreciendo protección, Elena. No soy un caballero andante. —Hizo una pausa deliberada—. Solo te digo que no me gusta ver mis intereses en peligro. Mañana. A las nueve. No en El Horizonte. Ve al Black Velvet, en la calle principal. Es más discreto. Solo tú y yo.

​Elena frunció el ceño, apretando el borde de la encimera.

—¿Por qué no en el bar de mi prima? Ella se siente segura allí.

​—Precisamente por eso —respondió él, con una frialdad cortante—. No quiero público. No quiero a tu prima vigilando cada gesto. No quiero a nadie husmeando. Te quiero a solas.

​—No sé si debería ir… —comenzó ella, pero él la cortó con una brusquedad que la dejó sin habla.

​—No te estoy pidiendo permiso, Elena. Te estoy diciendo que vengas. Porque si no lo haces, iré yo a buscarte. Y créeme, no me gusta tener que desplazarme a hospitales para sacar a enfermeras de su turno. Ni me gusta visitar apartamentos pequeños en pueblos que se suponen tranquilos.

​El pánico real se instaló en su pecho. ¿Sabía dónde vivía? ¿Había enviado a alguien a seguirla?

—No soy tuya para que me ordenes —susurró, con un hilo de voz.

​Steve dejó escapar un suspiro impaciente, como el de un adulto ante un niño testarudo.

—Todavía no lo eres. Pero lo serás. Buenas noches, Elena.

​El clic de la llamada finalizada resonó como un portazo en su mente. Elena se quedó mirando la pantalla oscura, con el corazón golpeando su pecho con una violencia que le causaba dolor físico. Se dejó caer en una silla de la cocina, con el agua del vaso goteando sobre sus dedos olvidados. Se sentía humillada por su propia reacción, por esa chispa de excitación que luchaba contra el terror. Él la trataba como una propiedad, como un cabo suelto que necesitaba atar, y ella, en lugar de llamar a la policía, se quedaba allí sentada, analizando el eco de su voz.

​El sábado amaneció con un cielo gris plomizo. Elena se despertó con un nudo en el estómago que no la dejó desayunar. Su turno en el hospital fue un ejercicio de actuación; sonreía a los pacientes y revisaba goteros, pero su mente estaba a kilómetros de distancia, en el bar Black Velvet. Cada vez que el teléfono vibraba en su bolsillo con una notificación sin importancia, sentía un vuelco en el corazón.

​A las cuatro de la tarde, durante su descanso, Sara la llamó. Elena necesitaba la voz de su prima para anclarse a la realidad, pero lo que escuchó solo aumentó su ansiedad.

​—¿Elena? No me contestaste anoche, estaba preocupada. Te fuiste del bar como si te persiguiera el diablo.

​Elena suspiró, frotándose la sien con cansancio.

—Steve me llamó, Sara.

​—¿Qué? —El grito de Sara casi le rompe el tímpano—. ¿Cómo diablos consiguió tu número? Elena, esto ya no es una coincidencia. Ese tipo te está acosando.

​—Dice que tiene sus formas. Me ha citado esta noche en el Black Velvet. Quiere que vaya sola.

​El silencio de Sara fue sepulcral.

—Elena, por lo que más quieras, no vayas. He estado preguntando por él esta mañana. Nadie sabe su apellido, pero los que lo conocen bajan la mirada. Dicen que es alguien con quien no quieres tener una deuda. Ese tipo de hombres… no ven a las mujeres como personas, las ven como trofeos o como herramientas. No vayas.

​—No voy a ir —dijo Elena, tratando de convencerse a sí misma mientras miraba su reflejo cansado en la ventana de la sala de descanso—. No soy tan tonta.

​—Bien. Ven a mi casa cuando salgas. Te haré algo de cenar y bloquearemos ese número juntas. No dejes que entre en tu cabeza.

​A las ocho de la noche, Elena salió del hospital. El aire de octubre era gélido y arrastraba hojas secas por el asfalto del parking. Caminó rápido hacia su coche, con las llaves apretadas entre los dedos, dispuesta a conducir directamente a casa de Sara y olvidarse de los ojos grises de Steve.

​Pero entonces, lo vio.

​Estaba allí, una sombra imponente recortada contra la luz amarillenta de una farola. Steve estaba apoyado en su sedán negro, con los brazos cruzados sobre su pecho ancho. No llevaba traje esta vez, sino una chaqueta de cuero oscuro que lo hacía parecer aún más peligroso, más rudo. No sonreía. Sus ojos la atraparon en el momento en que ella puso un pie fuera de la entrada principal.

​Elena se detuvo en seco, el aire congelándose en sus pulmones. Él ladeó la cabeza, observándola como un juez ante un acusado.

​—No viniste al Black Velvet —dijo él. Su voz viajó por el parking vacío, cargada de una decepción que sonaba a amenaza.

​—Te dije que no podías ordenarme qué hacer —respondió Elena, aunque sus piernas se sentían como gelatina.

​Steve se apartó del coche y dio un paso hacia ella. Solo uno, pero fue suficiente para que ella sintiera que el espacio se reducía drásticamente.

—No te estaba ordenando, Elena. Te estaba advirtiendo. No puedes huir de esto. Ni puedes huir de mí.

​—¿Y si decido que quiero hacerlo? ¿Y si no quiero volver a verte? —desafió ella, retrocediendo un paso por cada uno que él avanzaba.

​Steve no se detuvo hasta estar a menos de un metro. Su calor corporal la alcanzó antes que sus palabras. Era una presencia abrumadora, una fuerza de la naturaleza vestida de negro.

—No lo quieres —sentenció él, con una seguridad que la enfureció—. Tus ojos dicen algo muy distinto a tus palabras.

​Elena sintió su olor: cuero, tabaco y esa colonia metálica que se había convertido en su obsesión personal. Él levantó una mano muy despacio, dándole tiempo a huir, pero ella se quedó paralizada. Le rozó la mejilla con el dorso de los dedos, un toque eléctrico que le envió una sacudida hasta la base de la columna. Elena cerró los ojos, odiándose por no apartarse.

​Steve se inclinó, su aliento rozándole el lóbulo de la oreja.

—Mañana. Black Velvet. Nueve en punto —susurró, y su voz ronca la hizo vibrar por dentro—. Si no apareces, iré a tu casa. Y te aseguro que no entraré pidiendo permiso.

​Se apartó con la misma frialdad con la que había llegado. Subió a su coche, el motor rugió en el silencio de la noche y se alejó sin mirar atrás, dejando a Elena sola en el parking, temblando bajo la luz de la farola. Sabía que no debería ir. Sabía que Steve era el camino directo a la destrucción de todo lo que había construido. Pero mientras caminaba hacia su propio vehículo, Elena se dio cuenta de que el miedo ya no era lo único que la movía. Había un hambre nueva, una curiosidad oscura que la empujaba hacia el abismo de esos ojos grises.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP