El sonido de los gemidos del sicario atrapado bajo los hierros del polispasto se mezclaba con el eco de la lluvia que se filtraba por las goteras de la imprenta. Daniel no perdió el tiempo contemplando su victoria. Sabía que el disparo de la escopeta y el estrépito del metal habrían llamado la atención en el vecindario industrial. El refugio estaba quemado.
Con las manos temblando por la adrenalina, se acercó a la camilla de Elena. El respirador rítmico seguía funcionando, pero la batería de re