El estruendo de la escopeta recortada de Lorenzo Valenti fue como si el cielo del búnker se hubiera desplomado sobre ellos. En un pasillo de hormigón tan estrecho, el abanico de perdigones de plomo se expandió con una fuerza devastadora, arrancando trozos de pared, pulverizando las luces de emergencia que apenas empezaban a parpadear y llenando el aire de una densa cortina de polvo gris y chispas.
Marcus no lo pensó. Su cerebro reaccionó antes de que el destello de la pólvora se apagara en sus