El aire dentro de la nave industrial era una mezcla espesa de humedad, óxido y el olor metálico de la sangre que empezaba a brotar. No había ventanas, solo el eco del goteo de una tubería rota y el zumbido eléctrico de una bombilla desnuda que colgaba sobre la silla donde Bianca Valenti estaba encadenada. El lujo, la seda y el poder de los Valenti se habían quedado fuera, aplastados por el camión de Steve.
Steve se movía por la penumbra con una parsimonia aterradora. Se había quitado la camisa,