Mientras Daniel libraba una batalla desesperada con el instrumental quirúrgico en el cobertizo ferroviario, la Terminal Norte del puerto se había convertido en un callejón sin salida. Enzo regresó corriendo de la oficina del muelle de carga con un maletín negro de cuero rígido bajo el brazo, donde las tarjetas de coordenadas de las cuentas de Panamá de Matteo y Bianca Valenti estaban por fin a buen recaudo. Su rostro estaba empapado en sudor y agua de lluvia, y sus ojos reflejaban un pánico que