El pitido continuo y monótono del monitor médico rudimentario se clavaba en los oídos de los presentes como una aguja de hielo. Nadie se movía en el interior de la camioneta. El silencio que se instaló en el cobertizo de mantenimiento ferroviario era denso, pesado, impregnado del olor ferroso de la sangre que cubría los asientos delanteros y las manos del médico. Marcus Castellano yacía inmóvil en el asiento del copiloto, con la mirada fija en las chapas del techo y el pecho finalmente en paz t