El Mercedes de Marcus volaba por la carretera de la costa, tomando las curvas con los neumáticos chillando al borde del precipicio. En el asiento de atrás, el mundo se desmoronaba. Elena estaba pálida, con la piel volviéndose de un tono grisáceo que a Marcus le recordaba a la cera de los cirios.
—¡No te me mueras ahora, joder! ¡Elena, mírame por el espejo! —gritaba Marcus, golpeando el volante con una mano mientras con la otra intentaba mantener el coche en el asfalto.
Elena no respondía. Sus r