La lluvia golpeaba con una furia metálica el techo de la nave industrial en el puerto, creando un estruendo sordo que parecía querer ocultar los horrores ocurridos en su interior. Tres furgonetas negras, blindadas y con las luces de posición apagadas, frenaron en seco frente a la puerta metálica que Steve había dejado entornada. De ellas bajaron hombres armados hasta los dientes, moviéndose con la precisión de un ejército privado.
En el centro del despliegue, un hombre mayor, de pelo blanco inm