El cielo sobre la costa no era negro, sino de un gris plomizo y sucio que parecía aplastar los acantilados. La lluvia caía con una violencia metódica, convirtiendo el camino de acceso a la clínica en un lodazal de barro y piedras. Dentro de la mansión, el ambiente era aún más opresivo. El silencio de los pasillos solo se veía interrumpido por el zumbido de los fluorescentes y el eco de los pasos apresurados de Steve Castellano.
Steve entró en la habitación 204 con la fuerza de un vendaval. Sus