La noche en la montaña se había vuelto gélida, pero no tanto como el ambiente dentro de la cabaña. Daniel seguía sentado en la cocina, con la nota de Elena arrugada en el puño y una botella de whisky a medio terminar sobre la mesa. No entendía una mierda. Se sentía como el tonto del pueblo, el buen samaritano al que le han robado la cartera mientras intentaba ayudar a alguien.
De repente, el estruendo de unos motores potentes rompió el silencio del bosque. Varias luces largas barrieron las pare