El amanecer en la costa no trajo luz, sino una niebla espesa que se tragaba el mar. Dentro de la casa, Marcus no había pegado ojo. Estaba sentado en la mesa del comedor con un ordenador portátil y tres teléfonos distintos. El plan ya no era solo una idea; era una maquinaria en marcha. Elena bajó las escaleras arrastrando los pies, envuelta en una manta, sintiendo que cada hueso de su cuerpo pesaba una tonelada.
—He hablado con el viejo Valenti —soltó Marcus sin levantar la vista de la pantalla—