El vapor de la ducha todavía empañaba los cristales del lujoso baño cuando Steve se separó bruscamente de Elena. Ella se quedó bajo el chorro de agua caliente, parpadeando, confundida por el cambio repentino en la energía de él. Hace apenas un segundo, sus manos eran puro fuego y posesión, pero ahora, Steve era una estatua de granito. Su mirada ya no estaba en ella; estaba clavada en el teléfono que vibraba con una insistencia macabra sobre el mármol del lavabo.
Elena se envolvió en una toalla,