El silencio en el apartamento de Elena no era paz; era el preludio de una ejecución. Elena dormía de forma inquieta en el sofá, envuelta en una manta que olía a su propia soledad. De repente, un crujido metálico la sacó del sueño. No fue un sueño. Alguien estaba en la cocina.
Se incorporó con el corazón martilleando contra sus costillas. El miedo, ese viejo conocido que creía haber dejado en Chicago, le recorrió la columna como una descarga eléctrica. Antes de que pudiera gritar, una silueta im