La mansión de los Valenti no era un hogar; era un mausoleo de mármol frío y secretos enterrados bajo alfombras persas. Steve entró empujando las pesadas puertas de roble, con el abrigo todavía húmedo por la neblina de la noche y el aliento oliendo a la furia que había descargado en el apartamento de Elena. El silencio de la casa era opresivo, solo roto por el crujido de sus propias botas sobre el suelo pulido.
Al llegar al salón principal, la vio. Bianca estaba sentada en un diván de terciopelo