La oscuridad de la UCI fue cediendo paso a una luz blanca y aséptica que lastimaba los párpados de Elena. Durante los primeros días, su mundo se redujo a pitidos rítmicos y voces amortiguadas. Recordaba fragmentos: los nudillos ensangrentados de Marcus, el peso de una mano cálida sobre la suya y una voz rota confesando un amor que parecía un sueño febril.
Pero cuando Elena finalmente abrió los ojos con claridad, la habitación estaba vacía. No estaba Steve. No estaba Marcus. Solo el goteo consta