Mundo ficciónIniciar sesiónZaira Olen nunca pensó que ir con su novio a una carrera ilegal le iba a cambiar la vida. A los 23 años es estudiante de literatura, está enamorada de Dorian Vask, un joven CEO que parece tenerlo todo: dinero, poder y un nombre importante en el automovilismo. Esa noche en la carrera clandestina, un auto negro entra a la pista. Cuando Dorian ve al piloto, el miedo se le nota. Zaira no entiende por qué, hasta que descubre que es el hermano de Dorian. Un hermano que fue expulsado de su familia y ahora regresa para recuperar lo que cree suyo, incluido el lugar de Dorian. Pero Rael no esperaba encontrar a Zaira. Desde el primer momento algo cambia, hay algo en Zaira que lo obsesiona. Zaira intenta mantenerse firme, ama a Dorian, o eso cree. Pero cuanto más conoce a Rael, más difícil le resulta ignorar la tensión entre ellos. Él la provoca, la desafía y la hace dudar de cosas que nunca había cuestionado. Rael no le promete amor, no le pide que confíe en él, ni siquiera intenta ser bueno. Solo le deja claro que la desea y que no piensa renunciar a ella. Dorian empieza a perder el control, el regreso de su hermano amenaza con destruir todo lo que construyó, y ahora también su relación con Zaira. Lo que Dorian no sabe es que Rael ya no la ve como un medio para destruirlo, la ve como algo que quiere para él, una obsesión que crece con cada encuentro. Rael está dispuesto a desafiar a Dorian por ella, Dorian está dispuesto a hacer lo que sea para no perderla, y Zaira empieza a darse cuenta de que el verdadero peligro está en enamorarse de un hombre que no debe.
Leer másMire a mi alrededor y no pude evitar preguntarme qué carajos hacía allí.
Las gradas eran estructuras metálicas oxidadas, atornilladas con prisa sobre un galpón industrial abandonado en la zona portuaria de Valdoria. Los tipos que las ocupaban estaban tan pegados que sentías el aliento a cerveza barata del desconocido de al lado, el olor a sudor, gasolina, y humo de neumáticos, se habían mezclado volviendo el aire tan espeso que casi podías masticarlo.
Me abrí paso entre esa masa de cuerpos, pegada a la espalda de Kael como una garrapata.
—¡Zaira, guarda la puta cartera dentro de la chaqueta! —me ladró Kael sin girarse, esquivando un codo que si le pega le parte la nariz.
—¡Peguense a mí! ¡Cuando arranquen los motores esto se va a poner feo de verdad! —rugió Dorian, tirando de nosotras como si fuéramos dos maletas.
Mi novio, Dorian Vask, veintiséis años, CEO de Vask Automotive, la empresa que había devorado a tres competidoras en dos años. Campeón absoluto de la Serie Meridian tres temporadas seguidas.
El tipo que salía en portadas de revistas financieras con el traje desabrochado y en portadas de revistas de motor con el mono de carreras manchado de grasa. Y aquí estaba, en un circuito clandestino en la zona industrial de Valdoria, arrastrándome a mí, Zaira Olen, de veintitrés años, estudiante becada de literatura, hacia una carrera ilegal.
Kael apretó mi mano.
—Tranquila, Zai, yo no te meto en nada que no pueda sacar.
Mentira. Kael siempre mentía con esa frase, y lo peor era que yo siempre la creía.
El chillido de un megáfono nos sorprendió, di un salto, mis tacones bajos resbalaron y casi me fui de culo,, Dorian me sostuvo del codo sin mirarme, sus ojos estaban fijos en el frente.
Sobre una tarima improvisada con palets, había un hombre que sostenía el megáfono, tenía una cicatriz desde la ceja hasta la mandíbula, y dientes de oro.
—¡Bienvenidos al Foso, hijos de perra! —bramó, y la multitud rugió como un solo animal— si buscabais el Foso... están en el puto ombligo del mundo. Me llamo Vuk, aquí yo pongo las reglas, y yo doy la bandera.
—Las apuestas se cierran cuando los coches salen a pista, no pueden tocar los vehículos, ni pasar información, ni cambiar la apuesta una vez cerrada, no se permite cruzar la línea de seguridad, si la cagan, los arrancó de aquí sin un centavo y con los dientes flojos —señaló con el megáfono hacia nosotras, las tres o cuatro mujeres que había en ese infierno— y eso va por ustedes también, muñecas, así que, muchachos, no usen a sus perras de correo para pasar apuestas. ¿Quedó claro?
Dorian apretó la mandíbula.
—Por Dios, Vuk —masculló, y su voz tenía ese filo metálico que yo le conocía de las entrevistas después de una carrera, cuando un periodista le preguntaba una estupidez— cambia el vocabulario.
Vuk lo vio, lo reconoció, sonrió mostrando los dientes de oro.
—¡Dorian Vask en el Foso! ¡El niño de los coches! ¿Vienes a apostar o a ensuciarte las manos, campeón?
Dorian no respondió, solo me soltó el codo y se cruzó de brazos.
Mi corazón iba a doscientos por hora, con mi suéter color hueso, y mi bolso de cadena dorada, parecía una profesora de piano perdida en una trinchera. Le había prometido a Kael que aguantaría, que no sería la amiga cobarde que se queda en el coche. Pero estar en ese circuito del puerto de Valdoria, rodeada de noventa hombres borrachos, sudados, con los ojos inyectados, apostando por quién iba a estrellarse primero...
Me agarré al brazo de Kael con las dos manos, ella no me iba a dejar caer.
—Primera carrera —anunció Vuk— Rask el Sordo contra el Mudo de Krev, apuestas abiertas, sesenta segundos.
La multitud explotó, los billetes volaron, hubo gritos, empujones. Un tipo me clavó el codo en las costillas y no se disculpó, Kael me empujó hacia Dorian.
—Ponte detrás de él ¡YA!
Me pegué a la espalda de Dorian, me pareció que olía a colonia cara y a gasolina, una mezcla bastante absurda, él volteó y pasó su brazo por mi cintura.
Y entonces lo vi.
En la esquina opuesta del circuito, donde la luz apenas llegaba, había un hombre parado junto a un coche negro, estaba solo, sin equipo, ni mecánico, sin nadie que le pasara una llave inglesa o le revisara los neumáticos. Se estaba quitando la chaqueta despacio, como si le doliera todo.
No le veía la cara, solo la silueta, era ancha de hombros, pero sí vi que tenía cicatrices en los brazos, me llamó la atención la forma en la que se movía, era lenta, deliberada, como un depredador que ya sabe que va a matar, y eso me revolvió el estómago.
—Kael —susurré inclinándome un poco hacia ella— ¿Quién es ese?
Kael lo miró, y tragó saliva.
—No lo sé, no estaba en la lista.
Dorian se giró, vio al hombre, y algo cambió en su cara, fue una expresión que nunca le había visto, ni en las carreras, ni en las juntas de accionistas, ni cuando su padre lo humilló en televisión, parecía…miedo.
—Nos vamos —dijo— ahora.
—¿Qué? —Kael lo miró— acabamos de...
—No vamos, ahora —repitió.
Me agarró de la muñeca, y tiró.
Y en ese exacto segundo, Vuk levantó el megáfono.
—¡Alto! ¡La chica del suéter color hueso! ¡Sí, tú! ¡El corredor nuevo pidió que tú te quedes a ver la carrera!
Por un momento el lugar quedó en silencio, noventa pares de ojos se giraron hacia mí.
Dorian me soltó la muñeca, y se giró hacia Vuk.
—Repite eso.
Vuk sonrió.
—Ya me has oído, Vask, el tipo nuevo puso la condición de que ella se queda. Si se va, la carrera no arranca, y todos los que apostaron pierden.
Noventa hombres me miraron.
Y yo, sentí cómo Foso se cerraba sobre mí como una trampa.
Kael me apretó la mano.
—Zai, no tienes que...
—Se queda —dijo una voz desde el otro extremo del circuito.
Era grave, rasposa, sonaba como gomo grava arrastrada sobre metal.
El hombre dio un paso hacia la luz, y entonces le vi la cara.
El mundo se detuvo.
Porque esa cara la conocía de una fotografía, de una que Dorian tenía guardada en el cajón de su escritorio.
Dorian se giró hacia mí, y por primera vez en los tres años que llevaba en su vida, vi algo peor que miedo en sus ojos.
Culpa.
—Zaira —dijo— no lo mires.
Pero ya lo estaba mirando, y él me estaba mirando a mí.
Y sonreía.
Enseguida subió a su coche, la carrera iba a empezar, y yo no podía irme.
Porque el hombre del coche negro acababa de guiñarme un ojo.
Y Dorian acababa de susurrar, con la voz rota, una sola palabra que me heló la sangre:
—Hermano.
Dorian se dirigió hacia nuestra mesa, Rael se reclinó en su silla con calma, incluso sonrió.Dorian se detuvo junto a nosotros, su voz salió baja, peligrosa:—Levántate —me dijo, sin dejar de mirarme.Yo no me moví, el color se me había ido de la cara, sentía las miradas de las mesas cercanas clavadas en nosotros.—Dorian… —dije.—Levántate, Zaira.Rael soltó una risa cínica que me heló la sangre.—Qué coincidencia, hermanito, justo estábamos hablando de ti.Dorian apretó aún más los puños, vi el músculo de su mandíbula marcarse, por un segundo pensé que iba a lanzarse sobre la mesa. Luego miró a su alrededor: el restaurante estaba completamente lleno, todos nos veían, él era muy conocido.No podía permitirse un escándalo.—Fuera —le dijo a Rael entre dientes— ahora.Rael no se movió, solo giró la copa de vino entre sus dedos.—Estoy cenando, y mi invitada todavía no ha terminado.—Tu invitada se va conmigo.Me levanté, sentía que las piernas me temblaban, Rael alzó la vista hacia mí
El viernes amanecí con el estómago hecho nudo, no había dormido bien.Me levanté, me duché con agua fría y me vestí sin pensar demasiado, cuando bajé a la cocina, Kael ya estaba ahí, comiendo un yogur.—Tienes cara de no haber dormido —dijo.—No dormí.—¿Dorian otra vez?Negué con la cabeza, no quería hablar de Dorian, Kael me miró y decidió no insistir, se fue a clase.Ese día yo no fui, salí del edificio y caminé sin rumbo fijo durante casi una hora.A las once y media mi teléfono vibró con una llamada, era un número desconocido.Dudé en contestar, pero lo hice.—¿Zaira?La voz era baja, y ronca, era Rael.Me detuve para contestar.—¿Cómo tienes mi número? —No es difícil conseguirlo si sabes a quién preguntar.Me quedé en silencio.—Quiero verte —dijo.—No.—Recuerda que la cena es está noche.—No voy a cenar contigo.—Tengo información que podría interesarte —contestó con calma.El corazón me dio un vuelco.—¿Y por qué me la dirías a mí?—Porque no quiero que Dorian te engañe.Cer
El martes llegué al aula quince minutos antes de que empezara la clase.Mis ojos fueron directo a la última fila, a la silla vacía donde se había sentado Rael.Estaba vacía.Me senté en la tercera fila, saqué el portátil, abrí el documento de mi tesis. El profesor Valdés entró, habló sobre voz narrativa y focalización interna. Cuando la clase terminó, guardé el portátil más despacio de lo necesario. Miré la silla vacía una vez más.Kael me estaba mirando.—¿Qué?—Nada.—Me estás mirando.Se cruzó de brazos.—Estás buscando a alguien.—No estoy buscando a nadie, estoy buscando mi cargador.Kael no me creyó, lo vi en su cara, pero no insistió.Salimos al pasillo, caminamos hacia la cafetería entre estudiantes que reían y se empujaban.—¿Vas a ir a casa de Dorian esta noche? —preguntó Kael.—No sé, tengo la tesis.—Llevas días diciendo que tienes la tesis.—Y es verdad.—Zai, tu tesis está en el capítulo dos desde septiembre.No respondí porque tenía razón, la verdad era que no quería i
El lunes me levanté tarde, así que me apresuré a arreglarme, elegí una blusa blanca, una falda gris, y bajé para ir a la facultad.Kael me esperaba en la entrada con un café y una expresión de funeral.—¿Has dormido?—Un poco.—Mentirosa.—Un poco —repetí.Me pasó el café, caminamos hacia el edificio de letras, el campus de la Universidad de Valdoria era pequeño.—Dorian me llamó anoche —dijo Kael.—¿Y qué quería?—Saber si estabas bien, si habías hablado con Rael o te había escrito.—¿Y qué le dijiste?—Que no me jodiera a las once de la noche.Sonreí. Entramos al aula, me senté en la tercera fila, saqué el portátil, abrí el documento de mi tesis sobre narrativa contemporánea. El profesor Valdés entró, dejó sus papeles sobre la mesa, empezó a hablar sobre estructura narrativa y punto de vista. Tecleé, asentí, pero no escuché ni una palabra.Porque en la esquina del aula, en la última fila, junto a la ventana, había un hombre que no debía estar ahí.Llevaba una chaqueta de cuero ne
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