Unos ojos

Dorian se dirigió hacia nuestra mesa, Rael se reclinó en su silla con calma, incluso sonrió.

Dorian se detuvo junto a nosotros, su voz salió baja, peligrosa:

—Levántate —me dijo, sin dejar de mirarme.

Yo no me moví, el color se me había ido de la cara, sentía las miradas de las mesas cercanas clavadas en nosotros.

—Dorian… —dije.

—Levántate, Zaira.

Rael soltó una risa cínica que me heló la sangre.

—Qué coincidencia, hermanito, justo estábamos hablando de ti.

Dorian apretó aún más los puños, vi el músculo de su mandíbula marcarse, por un segundo pensé que iba a lanzarse sobre la mesa. Luego miró a su alrededor: el restaurante estaba completamente lleno, todos nos veían, él era muy conocido.

No podía permitirse un escándalo.

—Fuera —le dijo a Rael entre dientes— ahora.

Rael no se movió, solo giró la copa de vino entre sus dedos.

—Estoy cenando, y mi invitada todavía no ha terminado.

—Tu invitada se va conmigo.

Me levanté, sentía que las piernas me temblaban, Rael alzó la vista hacia mí y, por un instante, su expresión cambió, ya no había burla, solo una intensidad fría y posesiva.

—Puedes irte —dijo— nadie te retiene.

Dorian me agarró del brazo, con fuerza, pero sin llegar a hacerme daño dejando claro que no iba a discutir. Empezó a llevarme hacia la salida, antes de salir, miré hacia atrás.

Rael seguía sentado, mirándonos, levantó la copa en mi dirección, fue como un brindis silencioso, y volvió a sonreír con esa misma sonrisa cínica que me había puesto los pelos de punta.

—Hasta pronto, Zaira —dijo, lo bastante alto para que lo oyéramos— la próxima vez elige tú el restaurante.

Dorian caminó más rápido, me llevó hasta su auto, subí sin querer mirarlo.

Nos quedamos en silencio por un rato, él conducía apretando con demasiada fuerza el volante, con la mirada fija al frente, su mandíbula estaba tensa, yo conocía ese silencio, cuando Dorian se callaba de esa forma era porque estaba furioso. Y cuando se ponía así, cualquier cosa mínima podía hacerlo estallar, así que no dije nada. Me limité a mirar por la ventana, con las manos entrelazadas y el corazón acelerado.

No me llevó a mi departamento, se dirigió hacia su casa sin preguntarme, detuvo el auto justo frente a la puerta.

—Baja —dijo en cuanto apagó el motor.

No me abrió la puerta, en cuanto bajé, me giré hacia él.

—Creo que es mejor que me vaya a mi departamento —dije en voz baja— podemos hablar mañana, cuando estés más calmado.

Dorian bajó del coche, dio la vuelta y me tomó del brazo.

—Entremos.

Me guió hacia la puerta, la abrió y me hizo pasar, en cuanto entramos cerró la puerta con fuerza, la casa estaba en penumbra, enseguida se dirigió al bar en la esquina de la sala, se sirvió un vaso de whisky, se lo bebió de un trago y después lo lanzó al suelo, saltaron los pedazos.

Me sobresalté.

—¡Demonios, Zaira! —gritó— ¡Qué demonios estabas pensando!

Me quedé boquiabierta, era la segunda vez que me gritaba de esa manera, bajé la mirada, avergonzada.

—Él… me dijo que me contaría lo que pasó entre ustedes —murmuré— me prometió que me lo diría.

Dorian caminó hacia mí, sus ojos brillaban con una intensidad que no le había visto antes.

—¿Lo hizo?

Negué con la cabeza.

—No.

Se acercó más, me tomó de la barbilla y me obligó a mirarlo.

—Rael es peligroso, puede hacerte daño de formas que ni siquiera imaginas. No te quiero cerca de él. ¿Me oyes? No quiero que le hables, que lo mires, que ni siquiera pienses en él.

—Solo quería entender…

—No hay nada que entender —me interrumpió— él no tiene una historia interesante, él es un problema. Y tú acabas de convertirte en parte de ese problema.

Me soltó la barbilla, pero no se alejó.

—Zaira —dijo más bajo, casi entre dientes— eres mía, me perteneces.

Me besó, fue un beso posesivo, como si quisiera borrar con su boca cualquier rastro de su hermano. Me sujetó de la cintura con fuerza y me atrajo contra él, respondí casi por instinto, todavía aturdida.

Cuando se separó, su respiración era agitada.

—Subamos.

Me tomó de la mano y me llevó arriba, hasta su habitación, cerró la puerta y me volvió a besar, esta vez lo hizo más despacio, pero con la misma intensidad. Sus manos subieron por mi espalda, me apretaron contra su cuerpo como si tuviera miedo de que me esfumara.

—Dime que eres mía —susurró.

—Soy tuya…

—Otra vez.

—Soy tuya, Dorian.

Esa noche me hizo el amor con una intensidad que no le conocía.

No hubo la ternura habitual, hubo necesidad, sus manos me recorrían como si quisieran marcarme, como si cada roce fuera una forma de recordar quién era el que estaba ahí. Me besó el cuello, mientras sus dedos se aferraban a mi cintura con fuerza, yo me aferré a sus hombros, a su espalda, sintiendo el calor de su piel contra la mía.

—Mírame —ordenó en un susurro ronco.

Le obedecí, sus ojos estaban oscuros, los mantenía fijos en los míos mientras se movía con una intensidad y un ritmo que me dejaba sin aire, cada embestida parecía decir lo mismo: mía, mía, mía. Yo intentaba disfrutar, no pensar en nada más que en él, en el sonido de nuestra respiración entrecortada, en la forma en que decía mi nombre.

—Zaira… —jadeó— no vuelvas a hacer eso, no vuelvas a ponerme en esta situación.

Asentí, incapaz de decir alguna palabra,  el placer y la culpa se mezclaban dentro de mí de una forma confusa, él aceleró el ritmo, como si quisiera que solo existiera ese momento, y su cuerpo sobre el mío. Me sujetó las muñecas por encima de la cabeza con una mano y me besó con una desesperación que me hizo arquearme hacia él.

Cuando el placer nos alcanzó a los dos, fue casi al mismo tiempo, Dorian enterró su rostro en mi cuello y soltó un sonido bajo, mientras su cuerpo se tensaba sobre el mío. Yo cerré los ojos con fuerza, aferrándome a él, dejando que la oleada me arrastrara.

Y entonces, al cerrar los ojos después del clímax, los vi.

Unos ojos que no eran los de Dorian.

Abrí los ojos de golpe, el corazón me latía demasiado fuerte.

Dorian se dejó caer a mi lado, todavía jadeando, y me atrajo contra su pecho. 

Maldije internamente, ¿Qué demonios me estaba sucediendo?

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