Mundo ficciónIniciar sesiónEl viernes amanecí con el estómago hecho nudo, no había dormido bien.
Me levanté, me duché con agua fría y me vestí sin pensar demasiado, cuando bajé a la cocina, Kael ya estaba ahí, comiendo un yogur.
—Tienes cara de no haber dormido —dijo.
—No dormí.
—¿Dorian otra vez?
Negué con la cabeza, no quería hablar de Dorian, Kael me miró y decidió no insistir, se fue a clase.
Ese día yo no fui, salí del edificio y caminé sin rumbo fijo durante casi una hora.
A las once y media mi teléfono vibró con una llamada, era un número desconocido.
Dudé en contestar, pero lo hice.
—¿Zaira?
La voz era baja, y ronca, era Rael.
Me detuve para contestar.
—¿Cómo tienes mi número?
—No es difícil conseguirlo si sabes a quién preguntar.
Me quedé en silencio.
—Quiero verte —dijo.
—No.
—Recuerda que la cena es está noche.
—No voy a cenar contigo.
—Tengo información que podría interesarte —contestó con calma.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Y por qué me la dirías a mí?
—Porque no quiero que Dorian te engañe.
Cerré los ojos, sabía que tal vez era una trampa, que debía colgar, pero lo poco que había logrado investigar sobre lo sucedido, había despertado mi curiosidad.
—¿Dónde?
—Te paso a buscar a las ocho a tu edificio.
—No, iré yo.
Hubo una pausa breve.
—Como quieras, el restaurante se llama Lume, está en el barrio viejo, cerca del puerto, la reserva está a mi nombre.
Colgó sin esperar respuesta.
Me quedé mirando la pantalla durante un buen rato.
A las siete y media ya estaba lista, me había cambiado tres veces. Al final me quedé con un vestido negro simple, por encima de la rodilla, nada llamativo. Nada que pudiera mal interpretarse.
Kael salió de su habitación cuando me vio junto a la puerta.
—¿Vas a salir?
—Sí.
—¿Con quién?
Me quedé callada.
Kael apretó la mandíbula.
—Zai…
—Es solo una cena, quiero respuestas.
—Y él te las va a dar por puro altruismo, claro.
No respondí, salí antes de que pudiera decirme más cosas.
Lume era un restaurante elegante, el maître me miró de arriba abajo cuando dije el nombre.
—Señorita Olen, la están esperando.
Me guió hasta una mesa al fondo, Rael ya estaba ahí, se puso de pie en cuanto me vio.
Llevaba una camisa negra arremangada hasta los codos y el pelo todavía húmedo, como si acabara de ducharse, no sonrió, solo me miró.
—Llegas puntual.
—Quiero terminar esto pronto.
Se sentó de nuevo,, me senté frente a él, el camarero trajo la carta y se retiró en silencio.
Rael no abrió la suya.
—Pide lo que quieras.
—No tengo hambre.
—Entonces pide algo de todas formas, si no lo haces, la gente empezará a mirar.
Pedí agua con gas y un plato de pasta, él pidió vino tinto y carne casi cruda.
Cuando nos quedamos solos, se me quedó mirando fijamente.
—Pregunta.
Me tomé un segundo.
—¿Qué pasó hace cuatro años?
—Eso no es una pregunta concreta.
—¿Por qué te echaron de la empresa?
Rael apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos.
—Porque perdí.
—¿Perdiste qué?
—Todo lo que importaba en ese momento.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que vas a obtener esta noche.
Me removí en la silla, su presencia era demasiado imponente para ese espacio.
—Dorian dice que no deberías haber vuelto —murmuré.
—Dorian dice muchas cosas.
—¿Y tú qué dices?
Rael inclinó un poco la cabeza.
—Yo digo que él tiene miedo, y con razón.
El camarero trajo el vino, Rael sirvió dos copas, y empujó una hacia mí.
—Bebe.
—No bebo.
—Una copa no te va a matar.
Tomé la copa, apenas la probé.
Él sí bebió, lo hizo despacio, sin apartar sus ojos de los míos.
—¿Por qué me buscas? —pregunté.
—Porque estás con él.
—Eso no es motivo suficiente.
—Lo es para mí.
Me mordí el labio inferior sin darme cuenta, era algo que hacía cuando tenía nervios, Rael lo vio, sus ojos bajaron a mi boca, cuando subió sus ojos de nuevo, puedo asegurar que estaban más oscuros.
Se inclinó un poco hacia adelante.
—No hagas eso —dijo en voz baja.
—¿Qué?
—Morderte el labio, me distrae.
El calor me subió al cuello, aparté la mirada.
—Llevo tres años con Dorian —dije, más para recordármelo a mí misma que a él.
—Lo sé.
—Entonces ¿qué haces aquí?
Rael se reclinó en la silla, una sonrisa torcida se dibujó en su boca.
—Cenando.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
El comentario me dejó sin aire durante un segundo, él lo notó,, su sonrisa se ensanchó.
—Relájate, Zaira, no voy a hacer nada que no quieras.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía tranquilizarte.
El camarero trajo los platos, la pasta olía bien, pero mi estómago la rechazaba, picoteé un par de veces. Rael comió con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Háblame de Monza —dije de pronto.
Su tenedor se detuvo a medio camino.
—¿Qué sabes de Monza?
—Que tuviste un accidente, después perdiste la licencia, y Vask Automotive emitió un comunicado deseándote lo mejor.
Rael dejó el tenedor con cuidado sobre el plato.
—Has estado investigando.
—Había artículos borrados, sólo quedaban los titulares.
Él asintió despacio, como si eso no le sorprendiera.
—Algunas cosas es mejor que desaparezcan.
—¿Y el conflicto familiar?
—Eso también.
—Quiero saber qué pasó entre tú y Dorian.
Rael me miró, luego negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque todavía no estás lista para escucharlo.
Nos quedamos en silencio, después de un rato, Rael volvió a hablar.
—¿Sabes qué es lo que más me llama la atención de ti?
No respondí.
—Que todavía intentas convencerte de que estás aquí solo por curiosidad. Cuando en realidad llevas días pensando en mí.
—Eso no es verdad.
—Claro que lo es.
Me levanté un poco de la silla.
—Me voy.
—Siéntate.
Me senté otra vez, más por orgullo que por otra cosa. No quería que pensara que me había asustado.
Rael apoyó una mano sobre la mesa, cerca de la mía, sin llegar a tocarla.
—¿Por qué te mientes?
—No me miento.
—Te mientes fingiendo que tu corazón no está latiendo demasiado rápido ahora mismo.
Me mordí el labio otra vez, maldita costumbre, Rael soltó una risita casi inaudible.
—Otra vez.
Aparté la cara, él se inclinó hacia mí un poco más.
—Zaira.
—Qué.
—Mírame.
Le obedecí sin querer, había algo peligroso en sus ojos, pero también algo que me mantenía clavada en el sitio.
—No voy a besarte —susurró— pero quiero que sepas que si lo hiciera, no me rechazarías.
Me faltó el aire, quise contestar, pero no pude.
En ese preciso instante la puerta del restaurante se abrió de golpe, varias cabezas giraron hacia la puerta.
Dorian entró como un vendaval.
Su pelo estaba desordenado como si se hubiera pasado la mano por él mil veces. Sus ojos barrieron el lugar hasta encontrarnos, cuando nos vio, algo oscuro y violento apareció en su cara.







