Mundo ficciónIniciar sesiónCuando el rugido del motor de Rael se perdió, Dorian me agarró del brazo.
No fue un agarre suave, fue un tirón que me hizo dar dos pasos torpes hacia adelante, me clavó sus dedos justo encima de la herida.
Grité, pero no pareció importarle.
—¿Qué cojones acabas de hacer?
Su voz estaba por completo cambiada.
—Me estás haciendo daño.
—¿Daño? —sus ojos estaban desorbitados, rojos —Te ha dado dinero, te ha invitado a cenar. Y tú no le has dicho que no.
—Le dije que era tu novia.
—¡Y le importó una m****a! ¡Y tú le cogiste el dinero! ¡Y no le dijiste que se fuera al demonio cuando te invitó!
—Dorian, suéltame.
—NO —el grito hizo que varios tipos se giraran, Kael se acercó a nosotros— no me jodas, Zaira, él te ha tocado la mano, te ha dado dos mil euros como si fueras una cualquiera que necesita que la compensen. Y tú lo cogiste, como si fuera normal, como si no pasara nada.
—No sabía qué hacer.
—¿No sabías qué hacer? —se echó a reír— eres mi novia, llevas tres años siendo mi novia, y cuando otro hombre te pone las manos encima, ¿no sabes qué hacer?
—Dorian —Kael le puso la mano en el hombro.
Él se la sacudió.
—No, Kael, no te metas.
—Le estás haciendo daño —dijo.
Dorian me soltó.
—Vámonos —dijo, dándose la vuelta.
—¿Estás bien? —Kael me miró.
Me miré el brazo, la sangre seguía bajando en un hilo fino hasta la muñeca.
—Estoy bien —dije.
Caminamos hasta el coche de Dorian, un Audi negro, me senté atrás, Kael se sentó a mi lado.
Dorian condujo apretando con fuerza el volante.
Kael intentó hablar dos veces.
—Dorian, tal vez deberíamos parar y...
—No.
—Zaira necesita que le limpien la...
—No.
Me quedé mirando la nuca de Dorian, la línea de tensión que le cruzaba los hombros.
Y entonces habló.
—¿Por qué no le dijiste que se fuera a la m****a?
—Me pilló por sorpresa.
—¿Por sorpresa? Te dijo "cena conmigo". No necesitabas más de dos segundos para decir "no".
—Me ofreció el suéter de mi abuela.
Dorian golpeó el volante con la palma de la mano. Kael se encogió en el asiento.
—¿Y qué? ¿Te va a comprar un suéter y ya le debes una cena? ¿Así funciona? ¿Así funciona contigo?
—No me debe nada, Dorian, ni yo le debo nada.
—Entonces ¿por qué cogiste el dinero?
No respondí, porque no lo sabía, porque cuando sus dedos rozaron los míos sentí algo que no debería haber sentido. Y porque decirle eso a Dorian, en ese coche, en ese momento, habría sido como prenderle fuego al asiento.
—No lo sé —dije finalmente.
—No lo sabes —repitió. Y su voz era tan plana, tan muerta, que me dio más miedo que los gritos.
Kael volteó a verlo.
—Dorian, cálmate, está herida, en shock, no es el momento de...
—Es el momento perfecto, Kael, porque si no hablo ahora, voy a coger este auto, voy a conducir hasta donde esté Rael, y le voy a partir la cara. Y no puedo hacer eso, no puedo. Porque entonces todo el mundo sabrá que ha vuelto, y entonces todo se va a la m****a.
—¿Qué se va a la m****a? —pregunté.
Dorian no respondió.
—¿Dorian?
—Nada, olvídalo.
Mentía, porque cuando alguien dice "olvídalo" con esa voz, no es nada, nunca es nada.
Dorian paró frente al edificio de mi departamento, no bajó del coche, se quedó al volante, con el motor encendido, mirando hacia adelante, no se despidió.
Nosotras entramos al departamento, y Kael me limpió la herida con agua oxigenada en el lavabo del baño de mi habitación. Hizo una mueca al ver el corte.
—Esto necesita puntos.
—No quiero ir al hospital.
—Zaira...
—No quiero.
Suspiró, me puso una tirita larga, se aseguró de que no sangrara, y luego se sentó en mi cama y me miró.
—¿Estás bien?
—No.
—¿Quieres que duerma contigo?
—No, necesito estar sola.
Asintió, se levantó, en la puerta, se detuvo.
—Zai. Lo que hizo Rael...
—¿El qué?
—Mirarte así, tocarte la mano, invitarte, sabiendo que eres la novia de su hermano. Eso no es normal. Eso es...
—¿Qué?
Kael apretó los labios.
—Es una declaración de guerra.
Se fue a su habitación, me quedé sentada en la cama, me acosté y me cubrí con la manta, cerré los ojos, pero no dormí.
Porque cada vez que cerraba los ojos, veía dos cosas.
El coche negro tomando la primera curva a doscientos cuarenta kilómetros por hora, y los ojos de Rael cuando me tocó la mano.
La parte más oscura de mí quería saber por qué Rael me había mirado así.
El viernes iba a llegar, y yo iba a tener que elegir, pero lo peor no era que no supiera qué elegir.
Lo peor era que ya lo sabía.
Y esa respuesta me daba más miedo que cualquier carrera a doscientos cuarenta kilómetros por hora.







