Gasolina en las venas

La bandera roja cayó.

Los motores rugieron como animales rabiosos y el asfalto tembló bajo mis tacones, los hombres gritaron al unísono, el humo de los escapes me llenó los pulmones.

Y el coche negro mate salió disparado.

No fue una salida normal, fue violenta, como si el piloto hubiera pateado el acelerador con odio puro. El vehículo se adelantó medio cuerpo antes de que su rival pudiera reaccionar.

—Tres años —susurré, más para mí que para nadie— tres años y no me dijiste que tenías un hermano.

Dorian no me miró, tenía los ojos clavados en la pista, en el coche negro. 

—No es mi hermano, no lo es desde hace cuatro años.

—Lleva tu apellido.

—Lo llevaba.

Kael me apretó el brazo con tanta fuerza que me cortó la circulación.

—Zai, mírame, ¿Quieres irte?

Quise decir que sí, quise decir que me daba igual la carrera, el dinero, la apuesta, el hombre del coche negro, quise decir que me llevara a casa, a mi habitación segura.

Pero no lo dije.

Porque Rael Vask acababa de tomar la primera curva a doscientos cuarenta kilómetros por hora, derrapando con el eje trasero a tres centímetros del muro de contención, y algo en la forma en que conducía, desesperada, suicida, me clavó los pies al suelo.

—Me quedo —dije.

Dorian abrió los ojos enormemente.

—Zaira…

—Me quedo, y cuando termine esta carrera, me vas a contar todo, cada detalle, cada mentira. 

Dorian apretó la mandíbula, no respondió.

La carrera duró tres minutos.

Tres minutos en los que Rael condujo como un poseso, como un hombre que no tenía nada que perder, como alguien que estaba intentando matarse o salvarse, y no tenía claro cuál de las dos cosas quería.

Su rival, un tipo llamado Rask, según había anunciado Vuk, no tuvo oportunidad. Ni una sola. Rael le sacó dos cuerpos en la primera vuelta, tres en la segunda. En la tercera, Rask intentó un adelantamiento sucio por el interior, golpeando el lateral del coche negro.

El impacto hizo que ambos vehículos derraparan, y sacarán chispas, el sonido me perforó los tímpanos.

Kael gritó, yo no.

Yo me quedé mirando cómo Rael corregía el derrape con un giro de volante tan preciso que parecía coreografiado, cómo recuperaba el control en medio segundo, y cómo aceleraba de nuevo como si el golpe no hubiera existido.

Pero entonces algo salió mal.

El coche de Rask, desestabilizado, se cruzó en la trayectoria de Rael, ambos vehículos derraparon hacia el muro,, el impacto fue brutal. Una lluvia de chispas naranjas iluminó el galpón entero, y un trozo de metal salió disparado por encima de la barrera de seguridad.

Hacia mí.

No lo vi venir, solo sentí el golpe en el hombro, un intenso ardor, y luego algo caliente y oscuro deslizándose por mi brazo.

Kael gritó mi nombre, Dorian me agarró por los hombros.

—¿Estás bien? ¡Zaira! ¡Mírame!

Miré hacia abajo, el suéter, recuerdo de mi abuela, estaba destrozado, un corte me cruzaba el antebrazo. No era profundo, pero sangraba. 

—Estoy bien —dije, pero no, no estaba bien, me temblaban las piernas —Kael sacó un paño de su bolso y me lo colocó en el brazo.

La carrera terminó treinta segundos después, Rael cruzó la meta con el lateral del coche hundido y una rueda pinchada. Rask no cruzó, su vehículo quedó humeando contra el muro.

El galpón explotó.

Hubo más gritos, Vuk aulló por el megáfono, Dorian me limpiaba con el paño el brazo.

Y entonces Rael salió del coche.

Se quitó el casco, se pasó la mano por el pelo oscuro, empapado de sudor, tenía una cicatriz en la ceja izquierda, y otra en el mentón. Un tatuaje que le subía por el cuello hasta detrás de la oreja: era una serpiente mordiéndose la cola.

Caminó hacia donde estábamos, todos siguieron su trayectoria.

Se detuvo a pocos pasos de nosotros, de cerca era más alto de lo que parecía, su aroma era parecido al de Dorian y a la vez completamente distinto, miró mi brazo, la sangre.

—Perdón por el suéter —dijo.

—Es... era de mi abuela.

Algo cambió en su expresión, en sus labios se dibujó una media sonrisa.

—Entonces te debo uno nuevo.

—No me debes nada.

—Sí te debo —se metió la mano en el bolsillo del mono y sacó un fajo de billetes. Lo dejó sobre mis manos sin preguntar— dos mil, para el suéter, para el brazo. Para lo que quieras.

—No quiero tu dinero.

—Entonces guárdalo, tíralo, quémalo,, me da igual, pero cógelo.

Lo cogí, no sé por qué, tal vez porque sus dedos rozaron los míos y sentí una descarga eléctrica que me subió por el brazo hasta la base del cráneo. Dorian, detrás de mí, emitió un sonido, como si alguien le hubiera clavado un cuchillo entre las costillas.

Rael levantó la mirada por encima de mi cabeza.

—Hola, hermano.

Dorian no respondió.

—Cuatro años —continuó Rael — y no me saludas, qué cálido, qué familiar.

—No tendrías que estar aquí —dijo Dorian. 

—¿Dónde debería estar? ¿En la junta de accionistas de Vask Automotive? ¿Firmando los papeles que me robaste?

Kael me apretó la mano con fuerza, yo no entendía ni la mitad de lo que estaba pasando. Pero entendía que Dorian le había hecho algo a Rael, algo imperdonable que llevaba cuatro años pudriéndose entre los dos.

Rael se volvió hacia mí.

—¿Cómo te llamas?

—Zaira.

—Zaira —repitió, como si saboreara el nombre— ¿Eres amiga de Dorian?

—Su novia —contesté.

—Interesante —miró a Kael, luego a Dorian, después a mí.

Iba a decir algo más, pero Vuk apareció detrás de Rael con el fajo de dinero de la apuesta. Le palmeó la espalda.

—¡Rael Vask! ¡El hijo pródigo del asfalto! ¡Doscientos mil para el ganador! ¡Y la chica se quedó, tal como pediste!

Rael cogió el dinero sin mirar, se lo guardó en el bolsillo del mono. Luego se inclinó hacia mí, tan cerca que hubiera podido contar sus pestañas si hubiera querido.

—Zaira —susurró— cena conmigo.

Detrás de mí, Dorian dijo:

—No.

Rael no se giró, siguió con los ojos clavados en los míos, esperando.

—¿Es una pregunta o una orden? —dije.

—Una apuesta.

—¿Otra apuesta?

—Si cenas conmigo, te devuelvo el suéter de tu abuela, nuevo, idéntico, de donde sea que lo compró.

—No puedes hacer eso, es una pieza bordada, única.

—Puedo hacer cualquier cosa, Zaira, soy Rael Vask.

Y entonces, detrás de él, Dorian dijo la segunda frase que me heló la sangre esa noche.

—No cenes con él, no sabes lo que me hizo.

Rael se giró lentamente, su sonrisa desapareció. 

—Lo que te hice —repitió— eso es lo que crees, que yo te hice algo.

—Intentaste robarme la empresa.

—¿Intenté robarte la empresa? —Rael hizo una mueca, se estaba conteniendo.

Rael se volvió hacia mí, la sonrisa había vuelto, pero era diferente ahora, parecía triste.

—Zaira, el viernes, a las nueve en punto, te paso a buscar.

No fue una pregunta.

Se giró, caminó hacia su coche, se subió, encendió el motor, y se alejó.

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