La carpeta en la mesa

El martes llegué al aula quince minutos antes de que empezara la clase.

Mis ojos fueron directo a la última fila, a la silla vacía donde se había sentado Rael.

Estaba vacía.

Me senté en la tercera fila, saqué el portátil, abrí el documento de mi tesis. El profesor Valdés entró, habló sobre voz narrativa y focalización interna. 

Cuando la clase terminó, guardé el portátil más despacio de lo necesario. Miré la silla vacía una vez más.

Kael me estaba mirando.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando.

Se cruzó de brazos.

—Estás buscando a alguien.

—No estoy buscando a nadie, estoy buscando mi cargador.

Kael no me creyó, lo vi en su cara, pero no insistió.

Salimos al pasillo, caminamos hacia la cafetería entre estudiantes que reían y se empujaban.

—¿Vas a ir a casa de Dorian esta noche? —preguntó Kael.

—No sé, tengo la tesis.

—Llevas días diciendo que tienes la tesis.

—Y es verdad.

—Zai, tu tesis está en el capítulo dos desde septiembre.

No respondí porque tenía razón, la verdad era que no quería ir a casa de Dorian, no porque no quisiera verlo, sino porque verlo significaba mirarlo a los ojos y sostener la mentira. Y cada vez me costaba más.

Nos sentamos en la cafetería. Kael pidió un sándwich, yo un café que no me tomé. Removí la cucharilla mientras Kael me hablaba de su examen de sociología.

A las dos salimos de la biblioteca, el campus estaba más vacío, los estudiantes se habían ido a comer o a sus residencias, caminamos hacia la parada del autobús, yo con los auriculares puestos, sin música, solo para que nadie me hablara.

Y entonces lo vi.

Apoyado contra un coche en el aparcamiento de letras, con su chaqueta de cuero, estaba Rael.

Me detuve. Kael me agarró del brazo.

—Zai, no.

—No voy a hablar con él.

—Entonces camina más rápido.

Caminé más rápido. Rael no me siguió, simplemente se quedó ahí, apoyado contra su coche, mirándome mientras me alejaba.

Subimos al autobús, me senté junto a la ventana. Y cuando el autobús arrancó, lo vi por el cristal trasero, seguía ahí, mirando.

Llegamos al departamento a las cuatro. Kael se fue a su habitación, me encerré en la mía, me quité los zapatos, me senté en la cama.

Y entonces hice algo que no debería haber hecho.

Abrí el portátil, busqué Rael Vask, Vask Automotive y Vask Racing.

Aparecieron artículos, entrevistas, portadas de revistas, Rael Vask, campeón de la Serie Meridian dos temporadas antes que Dorian. Rael Vask, CEO de Vask Racing hasta hace cuatro años, Rael Vask, retirado tras un accidente en Monza.

Y luego, al final de la tercera página de resultados, un artículo pequeño, era de un periódico local, cuatro años atrás.

"Rael Vask abandona Vask Automotive tras desacuerdos con la junta directiva."

Hice clic en el artículo, estaba borrado, la página existía, el titular existía, pero el texto había desaparecido. Como si alguien lo hubiera eliminado.

Busqué más, otro artículo, otro periódico.

"El heredero de Vask Racing deja la empresa en medio de un conflicto familiar."

También borrado.

Busqué un tercero.

"Rael Vask pierde licencia de corredor tras accidente en Monza. Vask Automotive emite comunicado."

Este no estaba borrado, pero el comunicado de Vask Automotive era una sola frase: "Rael Vask ya no forma parte de esta empresa. Le deseamos lo mejor en su recuperación."

Cerré el portátil, y me froté los ojos, entonces escuché la llave en la cerradura, salí a la sala.

Dorian, entró con una bolsa de comida china y una sonrisa.

—Te traje cena.

—Gracias.

Me dio un beso en la frente.

Nos sentamos, comimos en silencio, Dorian hablaba de una reunión con inversores, de un nuevo prototipo, y de la carrera del domingo en el circuito oficial de Valdoria. Yo asentía, masticaba, pero no ponía atención a lo que escuchaba.

—¿Me estás escuchando? —preguntó.

—Sí.

—¿Qué acabo de decir?

Me quedé en silencio.

—Zaira.

—Lo siento, estoy cansada.

Dorian dejó los palillos sobre la mesa, me miró, su mirada era diferente, era la mirada de un hombre que está buscando algo y tiene miedo de encontrarlo.

—¿Ha pasado algo hoy?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro.

Asintió, pero no me creyó, lo vi en la forma en que apretó la mandíbula. 

—El domingo es la carrera —dijo— la del circuito oficial, quiero que vengas.

—¿Al circuito?

—Sí, va a estar toda la prensa, todos los inversores. Quiero que te vean conmigo.

—Claro.

—Y después hay una cena, con los accionistas, quiero que me acompañes.

—Claro.

Sonrió, enseguida se levantó, recogió los envases, los tiró a la basura, y se puso la chaqueta.

—Me voy, tengo una reunión mañana temprano.

—¿No te quedas?

—No puedo, lo siento.

Me besó en la frente, de nuevo.

—Te quiero, Zaira.

—Yo también.

Cerró la puerta, oí sus pasos alejarse por el pasillo hacia el ascensor.

Me quedé sentada, mirando la puerta.

El jueves, Dorian me llamó al mediodía.

—Zai, necesito que vengas a la oficina, hay una reunión con los accionistas a las cinco y quiero que me acompañes.

—Dorian, tengo clase hasta las cuatro.

—Puedes faltar.

—No puedo faltar, tengo un examen parcial el lunes.

Se quedó en silencio por un momento.

—Está bien, te paso a buscar a las cuatro y media.

—¿No puedes ir tú solo?

—No, quiero que te vean, que sepan que eres importante para mí.

Algo en la forma en que lo dijo me revolvió el estómago, no era una declaración de amor. Era una exhibición, como si yo fuera un trofeo que había que poner en la vitrina.

—Está bien —dije.

Colgué.

A las cuatro y media, Dorian estaba en la puerta de la facultad. 

Me abrió la puerta, me subí, y condujo en silencio hasta la sede de Vask Automotive.

La reunión fue en el piso veintitrés, en la sala de juntas, Dorian se sentó en la cabecera. Yo me senté a su derecha, los accionistas entraron, saludando.

Y entonces, en el centro de la mesa vi una carpeta.

Era una carpeta de cuero negro con el logo de Vask Racing, el logo antiguo, el que ya no existía, el que Rael había usado cuando era CEO.

Dorian la vio.

Lo supe porque sus dedos se quedaron quietos sobre la mesa, su mandíbula se apretó, y sus ojos se clavaron en esa carpeta durante unos segundos.

Y luego, como si nada, la apartó con la mano hacia el borde de la mesa, y la dejó caer al suelo.

Nadie se agachó a recogerla.

Cuando la reunión terminó, Dorian me llevó al coche y me besó largamente, me dijo "te quiero", pero yo seguía viendo esa carpeta con el logo antiguo, y el nombre de Rael grabado en la esquina inferior derecha.

Alguien había puesto esa carpeta ahí, alguien que quería que Dorian la viera.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP