El hombre que no debía estar

El lunes me levanté tarde, así que me apresuré a arreglarme, elegí una blusa blanca, una falda gris,  y bajé para ir a la facultad.

Kael me esperaba en la entrada con un café y una expresión de funeral.

—¿Has dormido?

—Un poco.

—Mentirosa.

—Un poco —repetí.

Me pasó el café, caminamos hacia el edificio de letras, el campus de la Universidad de Valdoria era pequeño.

—Dorian me llamó anoche —dijo Kael.

—¿Y qué quería?

—Saber si estabas bien, si habías hablado con Rael o te había escrito.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no me jodiera a las once de la noche.

Sonreí. 

Entramos al aula, me senté en la tercera fila, saqué el portátil, abrí el documento de mi tesis sobre narrativa contemporánea. 

El profesor Valdés entró, dejó sus papeles sobre la mesa, empezó a hablar sobre estructura narrativa y punto de vista. Tecleé, asentí, pero no escuché ni una palabra.

Porque en la esquina del aula, en la última fila, junto a la ventana, había un hombre que no debía estar ahí.

Llevaba una chaqueta de cuero negra, con una camiseta blanca debajo, el tatuaje de la serpiente asomaba por su cuello, su pelo oscuro estaba revuelto. 

Era Rael Vask.

En mi clase, a las nueve de la mañana, Kael lo vio al mismo tiempo. 

—No, no, no.

Rael me encontró, como si tuviera un maldito radar. 

No se levantó, ni interrumpió la clase, simplemente se recostó en la silla, cruzó los brazos, y me miró. Con esa mirada tranquila, depredadora, de un hombre que parece tener todo el tiempo del mundo.

Fueron cuarenta minutos de clase con él detrás de mí, podía sentir su mirada sobre mí, no volteé a verlo ni una sola vez.

Cuando el profesor Valdés terminó, guardé el portátil, cogí la mochila y caminé hacia la puerta, Kael me siguió.

—Zai. Zai, espera.

No esperé, caminé rápido por el pasillo, entre estudiantes que iban y venían.

—Zaira.

Escuché su voz detrás de mí, grave, rasposa.

No me detuve.

—Zaira, no voy a gritar tu nombre en medio del pasillo. Bueno, sí puedo hacerlo, gritaré tu  nombre hasta que se caigan las paredes de esta facultad. Tú decides.

Me detuve.

Kael se detuvo a mi lado, me apretó el brazo.

—No te gires —susurró.

Pero me giré.

Rael tenía las manos en sus bolsillos, con una sonrisa ladeada.

—Buenos días —dijo.

—¿Qué haces aquí?

—Tengo una reunión con el decano de ingeniería, quiero financiar el laboratorio de aerodinámica, cosas de negocios.

—No me refiero a la universidad, me refiero a mi clase, no estás matriculado aquí.

—No necesito estar matriculado para sentarme en una silla vacía.

—Es mi clase.

—Es una universidad pública, cualquiera puede entrar.

Apreté los dientes. Kael dio hacia él.

—Rael. Vete.

—Kael, ¿verdad? —la miró— la amiga de Zaira. 

—Sí, la amiga de Zaira —contestó ella— y ella es la novia de Dorian. Así que hazte un favor y desaparece.

Rael no la miró, me miró a mí. 

—¿Te duele el brazo? —preguntó.

Me toqué la tirita instintivamente.

—No es asunto tuyo.

—¿Fuiste al médico?

—Rael, vete —dije.

—Recuerda nuestra cita del viernes, a las nueve en punto.

—No voy a cenar contigo.

—No te estoy preguntando.

—Pues deberías, porque la respuesta es no.

Rael se encogió de hombros.

—Entonces vendré aquí cada día a esta hora, me sentaré en esa silla, y te esperaré.

—Eso es acoso.

—No, eso es persistencia, el acoso es lo que hacía Dorian conmigo cuando éramos socios, revisar mis cuentas, mis correos, mis llamadas cada maldito minuto.

Sentí un escalofrío. 

—No sé de qué hablas —dije.

—Claro que no, Dorian nunca cuenta nada, ¿Te ha contado por qué no me habla desde hace cuatro años?

—Dijo que intentaste robarle la empresa.

Rael se rió, fue una risa corta, y seca.

—Eso es lo que te dijo.

—¿Qué más debería decirme?

—Nada, olvídalo.

Se giró. Se metió las manos en los bolsillos, caminó hacia la puerta del edificio, y se detuvo.

—Ah, y una cosa más.

Se volvió, me miró, y su sonrisa cambió. 

—El viernes quiero que vea cómo te llevo a cenar.

No me dió tiempo de contestar, se fue.

Kael me soltó el brazo.

—Zai. ¿Qué acaba de pasar?

—No lo sé.

—Sí lo sabes, acaba de decirte que va a venir cada día, que va a esperar. Que quiere que Dorian lo vea llevarte a cenar, eso no es una simple invitación. 

No respondí, porque tenía razón, mi teléfono vibró en ese momento, era un mensaje de Dorian.

"¿Cómo fue la clase?"

"Bien, normal."

"¿Seguro?”

"Estoy bien, Dorian."

"¿Vas a venir a casa esta noche?"

"Tengo que terminar un capítulo de la tesis."

No contestó por cinco minutos.

Y entonces:

"Zaira. ¿Ha aparecido Rael hoy?"

Me quedé mirando la pantalla. Kael me miró por encima del hombro.

—¿Qué te pregunta?

—Si ha aparecido Rael hoy.

—¿Y qué vas a decirle?

"No."

Kael me miró como si me hubiera crecido una segunda cabeza.

—Zai. Acabas de mentirle a tu novio.

—Lo sé.

—¿Por qué?

—Porque si le digo que sí, va a venir aquí, va a hacer una escena, y no quiero que nadie en esta universidad se entere.

Kael asintió. 

La verdad es que no dije nada porque la parte más oscura de mí quería ver a Rael el viernes.

Quería saber qué iba a decirme, saber qué era eso que Dorian no me contaba.

—Vámonos a clase —dije.

El resto del día lo pasamos entre clases y apuntes.

Y cada vez que levantaba la mirada, buscaba una chaqueta de cuero negra en la última fila.

No estaba.

A las nueve y media, cuando salí de la biblioteca, el teléfono vibró otra vez.

De nuevo Dorian.

"Pasé a buscarte, estoy en el parking."

Salí, el Audi negro estaba aparcado junto a la entrada, Dorian estaba apoyado en el capó, me vio y sonrió. 

—Hola.

—Hola.

Me abrió la puerta para que subiera, él también subió, pero no arrancó.

Cuando habló, su voz era baja, cuidadosa, como si estuviera desactivando una bomba.

—Zaira. ¿Ha aparecido Rael hoy?

Lo miré a los ojos, y mentí por segunda vez en el mismo día.

—No.

Asintió, y arrancó.

Condujo en silencio, en un semáforo en rojo, se giró.

—Si aparece, me llamas. ¿Vale?

—Vale.

—Si te escribe, me llamas.

—Vale.

—Si te busca para lo que sea, me llamas.

—Vale, Dorian.

—No me mientas, Zaira.

El semáforo se puso en verde, aceleró.

—No te miento —descaradamente le mentía.

Llegamos a mi edificio, me dio un rápido beso, seco, sin calor.

—Te quiero —dijo.

—Yo también.

Bajé y entré en el edificio, en cuanto entré en mi departamento, mi teléfono vibró, era un mensaje de un número desconocido.

"Recuerda, el viernes a las nueve.” 

Y debajo, una foto.

Era una foto mía saliendo de la biblioteca. 

Desde un ángulo que significaba una sola cosa: Rael me había estado observando toda la tarde.

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