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Mire a mi alrededor y no pude evitar preguntarme qué carajos hacía allí.
Las gradas eran estructuras metálicas oxidadas, atornilladas con prisa sobre un galpón industrial abandonado en la zona portuaria de Valdoria. Los tipos que las ocupaban estaban tan pegados que sentías el aliento a cerveza barata del desconocido de al lado, el olor a sudor, gasolina, y humo de neumáticos, se habían mezclado volviendo el aire tan espeso que casi podías masticarlo.
Me abrí paso entre esa masa de cuerpos, pegada a la espalda de Kael como una garrapata.
—¡Zaira, guarda la puta cartera dentro de la chaqueta! —me ladró Kael sin girarse, esquivando un codo que si le pega le parte la nariz.
—¡Peguense a mí! ¡Cuando arranquen los motores esto se va a poner feo de verdad! —rugió Dorian, tirando de nosotras como si fuéramos dos maletas.
Mi novio, Dorian Vask, veintiséis años, CEO de Vask Automotive, la empresa que había devorado a tres competidoras en dos años. Campeón absoluto de la Serie Meridian tres temporadas seguidas.
El tipo que salía en portadas de revistas financieras con el traje desabrochado y en portadas de revistas de motor con el mono de carreras manchado de grasa. Y aquí estaba, en un circuito clandestino en la zona industrial de Valdoria, arrastrándome a mí, Zaira Olen, de veintitrés años, estudiante becada de literatura, hacia una carrera ilegal.
Kael apretó mi mano.
—Tranquila, Zai, yo no te meto en nada que no pueda sacar.
Mentira. Kael siempre mentía con esa frase, y lo peor era que yo siempre la creía.
El chillido de un megáfono nos sorprendió, di un salto, mis tacones bajos resbalaron y casi me fui de culo,, Dorian me sostuvo del codo sin mirarme, sus ojos estaban fijos en el frente.
Sobre una tarima improvisada con palets, había un hombre que sostenía el megáfono, tenía una cicatriz desde la ceja hasta la mandíbula, y dientes de oro.
—¡Bienvenidos al Foso, hijos de perra! —bramó, y la multitud rugió como un solo animal— si buscabais el Foso... están en el puto ombligo del mundo. Me llamo Vuk, aquí yo pongo las reglas, y yo doy la bandera.
—Las apuestas se cierran cuando los coches salen a pista, no pueden tocar los vehículos, ni pasar información, ni cambiar la apuesta una vez cerrada, no se permite cruzar la línea de seguridad, si la cagan, los arrancó de aquí sin un centavo y con los dientes flojos —señaló con el megáfono hacia nosotras, las tres o cuatro mujeres que había en ese infierno— y eso va por ustedes también, muñecas, así que, muchachos, no usen a sus perras de correo para pasar apuestas. ¿Quedó claro?
Dorian apretó la mandíbula.
—Por Dios, Vuk —masculló, y su voz tenía ese filo metálico que yo le conocía de las entrevistas después de una carrera, cuando un periodista le preguntaba una estupidez— cambia el vocabulario.
Vuk lo vio, lo reconoció, sonrió mostrando los dientes de oro.
—¡Dorian Vask en el Foso! ¡El niño de los coches! ¿Vienes a apostar o a ensuciarte las manos, campeón?
Dorian no respondió, solo me soltó el codo y se cruzó de brazos.
Mi corazón iba a doscientos por hora, con mi suéter color hueso, y mi bolso de cadena dorada, parecía una profesora de piano perdida en una trinchera. Le había prometido a Kael que aguantaría, que no sería la amiga cobarde que se queda en el coche. Pero estar en ese circuito del puerto de Valdoria, rodeada de noventa hombres borrachos, sudados, con los ojos inyectados, apostando por quién iba a estrellarse primero...
Me agarré al brazo de Kael con las dos manos, ella no me iba a dejar caer.
—Primera carrera —anunció Vuk— Rask el Sordo contra el Mudo de Krev, apuestas abiertas, sesenta segundos.
La multitud explotó, los billetes volaron, hubo gritos, empujones. Un tipo me clavó el codo en las costillas y no se disculpó, Kael me empujó hacia Dorian.
—Ponte detrás de él ¡YA!
Me pegué a la espalda de Dorian, me pareció que olía a colonia cara y a gasolina, una mezcla bastante absurda, él volteó y pasó su brazo por mi cintura.
Y entonces lo vi.
En la esquina opuesta del circuito, donde la luz apenas llegaba, había un hombre parado junto a un coche negro, estaba solo, sin equipo, ni mecánico, sin nadie que le pasara una llave inglesa o le revisara los neumáticos. Se estaba quitando la chaqueta despacio, como si le doliera todo.
No le veía la cara, solo la silueta, era ancha de hombros, pero sí vi que tenía cicatrices en los brazos, me llamó la atención la forma en la que se movía, era lenta, deliberada, como un depredador que ya sabe que va a matar, y eso me revolvió el estómago.
—Kael —susurré inclinándome un poco hacia ella— ¿Quién es ese?
Kael lo miró, y tragó saliva.
—No lo sé, no estaba en la lista.
Dorian se giró, vio al hombre, y algo cambió en su cara, fue una expresión que nunca le había visto, ni en las carreras, ni en las juntas de accionistas, ni cuando su padre lo humilló en televisión, parecía…miedo.
—Nos vamos —dijo— ahora.
—¿Qué? —Kael lo miró— acabamos de...
—No vamos, ahora —repitió.
Me agarró de la muñeca, y tiró.
Y en ese exacto segundo, Vuk levantó el megáfono.
—¡Alto! ¡La chica del suéter color hueso! ¡Sí, tú! ¡El corredor nuevo pidió que tú te quedes a ver la carrera!
Por un momento el lugar quedó en silencio, noventa pares de ojos se giraron hacia mí.
Dorian me soltó la muñeca, y se giró hacia Vuk.
—Repite eso.
Vuk sonrió.
—Ya me has oído, Vask, el tipo nuevo puso la condición de que ella se queda. Si se va, la carrera no arranca, y todos los que apostaron pierden.
Noventa hombres me miraron.
Y yo, sentí cómo Foso se cerraba sobre mí como una trampa.
Kael me apretó la mano.
—Zai, no tienes que...
—Se queda —dijo una voz desde el otro extremo del circuito.
Era grave, rasposa, sonaba como gomo grava arrastrada sobre metal.
El hombre dio un paso hacia la luz, y entonces le vi la cara.
El mundo se detuvo.
Porque esa cara la conocía de una fotografía, de una que Dorian tenía guardada en el cajón de su escritorio.
Dorian se giró hacia mí, y por primera vez en los tres años que llevaba en su vida, vi algo peor que miedo en sus ojos.
Culpa.
—Zaira —dijo— no lo mires.
Pero ya lo estaba mirando, y él me estaba mirando a mí.
Y sonreía.
Enseguida subió a su coche, la carrera iba a empezar, y yo no podía irme.
Porque el hombre del coche negro acababa de guiñarme un ojo.
Y Dorian acababa de susurrar, con la voz rota, una sola palabra que me heló la sangre:
—Hermano.







