NAHIA
La luz de la mañana se desliza a través de las cortinas entreabiertas, una claridad pálida que se derrama sobre las sábanas arrugadas, sobre mi piel sudorosa aún marcada por las huellas de sus manos, sobre mis muslos pesados, entumecidos por la noche que no vi pasar. Mis ojos se abren apenas y de inmediato los cierro, como si rechazar la claridad pudiera borrar la memoria de lo que ha sucedido, como si la oscuridad pudiera protegerme de mí misma.
Respiro profundamente y es su olor lo que siento, por todas partes, en mi piel, en mi cabello, impregnado en el algodón de la sábana que agarro desesperadamente como para desaparecer en ella, esconderme, sustraerme de la vergüenza que ya me atraviesa. Mi vientre está pesado, aún tenso, cada movimiento despierta un eco sordo, como si su cuerpo hubiera quedado en mí más allá de la noche, como si mis entrañas guardaran su huella.
Un instante, creo que todavía estoy soñando, que todo no ha sido más que un delirio, una alucinación nacida de