NAHIA
La luz de la mañana se desliza a través de las cortinas entreabiertas, una claridad pálida que se derrama sobre las sábanas arrugadas, sobre mi piel sudorosa aún marcada por las huellas de sus manos, sobre mis muslos pesados, entumecidos por la noche que no vi pasar. Mis ojos se abren apenas y de inmediato los cierro, como si rechazar la claridad pudiera borrar la memoria de lo que ha sucedido, como si la oscuridad pudiera protegerme de mí misma.
Respiro profundamente y es su olor lo que