NAHIA
Han pasado seis meses. Seis meses desde esa noche que aún me atormenta, que a veces me despierta en sudor en medio del silencio, como si mi cuerpo se negara a olvidar lo que solo él sabe reconocer demasiado bien. Pero esa mañana, no estoy en esa cama, ni en sus sábanas. Estoy en casa de mi madre.
La luz dorada entra por los amplios ventanales de la villa que él compró para ella, en contra de mi voluntad. Me opuse, rechacé. Nada sirvió. Ya había firmado, ya había impuesto su voluntad como