NAHIA
No dice nada durante un largo momento, sus ojos negros fijos en mí, sus dedos todavía apretados sobre los brazos de la silla, y siento en su inmovilidad una tensión más violenta que si ya me hubiera levantado del suelo. Todo en él es una amenaza contenida, una tormenta que todavía se niega a dejar que estalle. Contengo la respiración, me tiemblan las piernas, me arde el estómago y entiendo que él espera más, que quiere empujarme más, que no quedará satisfecho hasta que me haya ofrecido.
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