NAHIA
Permanezco de rodillas frente a él, cada respiración corta, cada latido del corazón un tambor que resuena contra mis sienes, y siento su mirada pesar sobre mí como un peso tangible, un calor negro que me atrae y me doma a la vez. Mis manos aún tiemblan sobre su piel, mis dedos deslizándose sobre él con esa lentitud calculada, y siento su cuerpo vibrar bajo mi toque, retenerse, luchar contra el deseo de liberarse de inmediato, como si cada segundo de espera fuera una tortura que se impone