NAHIA
El aire es pesado, saturado de calor y de ese perfume oscuro que aún me envuelve, como una segunda piel que no he elegido, una jaula invisible que me retiene allí, sentada, incapaz de levantarme de inmediato, los dedos crispados sobre el borde de la mesa como si fuera el único ancla que me queda, el único punto fijo en este torbellino que me desgarran por dentro.
La madera está tibia bajo mis palmas, áspera contra mi piel ardiente, y mis piernas están tensas, doloridas, temblorosas, como