Capítulo 78. La caída de la corona.
Eugenia sentía que el oxígeno del comedor se volvía escaso. Sus manos, siempre firmes, se hundían en la tela de su costoso traje sastre, apretando los puños hasta que sus nudillos blanquearon. El silencio que siguió a la orden de Nicodemo fue una tortura pública. Las empleadas, que se habían quedado en el umbral de la cocina, observaban. El pequeño Leo la miraba con una curiosidad que ella sentía como una burla.
Pero lo peor era Héctor. Su hijo estaba de pie, con la mandíbula rígida y la mirada