Capítulo 166. Ni de broma.
Horas más tarde, cuando el sol de la tarde comenzó a caer y las luces cálidas de Nueva York tiñeron los ventanales, Leonella ingresó al gran salón de paso y se topó con una imagen que le congeló el paso, inyectándole un calor limpio directo en el pecho.
Héctor estaba completamente dormido en el sofá cama de cuero oscuro, desparramado. La pequeña Leonor descansaba boca abajo sobre su pecho ancho, subiendo y bajando con el ritmo estable de su respiración ronca. Ligia dormía plácidamente atrapada