Un amor asfixiante.
Pasado
Cuando llegué a mi puesto en la florería, las miradas de miedo y los susurros llegaron a mí como cuchillas. Entré con rapidez, intentando entender por qué era el blanco de murmullos. Una de mis compañeras tomó mi mano de improviso y me arrastró a un lado.
—¿Qué está pasando?
—Lo siento, Genoveva, pero tienes que irte.
—¿Pero adónde quieren que me vaya?
—Hablo de renunciar. No podemos seguir teniéndote aquí, y menos con ese novio tuyo.
—¿Bones… estuvo aquí?
—Sí, y ame