La verguenza de un pasado
—¿Clientes?
—Sí, no lo sabía… Ella prostituía su cuerpo cuando estaba conmigo. —Mi cara cambió de inmediato. Intenté mantener la calma, pero antes de que pudiera soltar una palabra saqué mi arma y lo encañoné, tomándolo con fuerza de la camisa.
—¡¿Quién cojones eres y de qué mierda conoces a mi mujer?! —sonrió en silencio, mirándome a los ojos.
—Suéltalo, Fernando.
—No tengo por qué dejar que ofenda a los míos solo porque te salvó la vida, Domino. No te confundas. Una