Decidimos regresar pronto a la ciudad.
El viaje de regreso fue silencioso. El sol aún quemaba, el aire olía a sal, pero dentro del carro… todo estaba frío. Mathias mantenía la vista fija en la carretera, serio, tenso, como si masticara cada palabra que no se atrevía a decir.
Yo iba mirando por la ventana. El viento alborotaba mi cabello y, por primera vez en días, no lloraba. Estaba vacía. Ni rabia, ni tristeza. Solo ese hueco enorme que deja alguien cuando se lleva todas tus certezas consigo.