—Tengo una idea —dijo Mathias, interrumpiendo mi silencio mientras miraba el mar.
Estábamos sentados en la terraza de su casa en Pistor, los pies descalzos, el sol golpeándonos suavemente los rostros. Yo había llorado tanto que ya no me quedaban lágrimas. Pero él seguía ahí, firme, constante, paciente.
—¿Me parece que va ser algo loco? —dije con voz ronca.
—Sí —respondió, girándose hacia mí con una media sonrisa—. Vámonos. A un yate. Algo privado. Solo nosotros… y algunos conocidos de confianza