Me quedé parada en el pasillo como una tonta. Juliana me había llamado dos veces desde el escritorio y ni siquiera la escuché. Mi cuerpo estaba ahí, pero mi mente seguía girando en esa imagen: Verónica arreglándose el vestido, sonriente, como si el mundo le perteneciera. Como si acabara de ganar.
Y tal vez sí lo había hecho.
Porque yo, con toda mi dignidad y mis falsas intenciones de mantenerme al margen, estaba rota por dentro.
Sentía ese nudo creciendo en la garganta. Ese ardor detrás de los