Volví a mi escritorio con pasos lentos, como si llevara una tonelada encima. El cuerpo me dolía y la cabeza me daba vueltas. Pero no era una migraña cualquiera… era ese tipo de cansancio emocional que no se cura con pastillas ni con dormir una noche entera.
Abrí el computador, pero no podía concentrarme. Leí dos veces el mismo correo sin entender una sola palabra, ya había pasado más de dos horas.
Y fue ahí, en medio de esa pantalla borrosa, que me dije algo que nunca pensé aceptar:
*Esto no