Entraron a la oficina y cerraron la puerta sin siquiera mirar atrás. Me quedé de pie unos segundos, como una tonta, viendo la puerta de vidrio esmerilado que dejaba ver apenas las siluetas de ambos. Mi garganta ardía. Me forcé a respirar profundo y me giré, volviendo a mi escritorio. Mi maldito escritorio. Ese que nunca había dejado de ser mío, aunque me doliera tanto seguir ahí.
Me senté con toda la dignidad que pude reunir, fingiendo revisar los correos. Los dedos sobre el teclado temblaban.