El domingo amaneció con la luz colándose por las cortinas. Yo estaba envuelta en las sábanas y en sus brazos. Fabián dormía tranquilo, respirando contra mi nuca como si la paz no le costara. Y por un instante me permití pensar que tal vez… solo tal vez… todo lo que habíamos vivido esa semana era real.
Una semana sin gritos. Sin lágrimas. Sin fantasmas. Solo él y yo, como si el mundo se hubiese detenido para darnos un respiro.
Pero el reloj no perdona. Y el lunes asomaba su cabeza con la puntual