No habían pasado ni diez minutos desde que Fabián se encerró en su oficina cuando volvió a aparecer. Abrió la puerta de golpe, con esa energía arrogante que me ponía los pelos de punta.
—Ana, ven conmigo —ordenó con la mandíbula tensa.
Levanté la mirada desde mi escritorio y lo miré sin moverme.
—Estoy trabajando —le respondí, intentando mantener la compostura.
—No me importa. Levántate —repitió, acercándose a paso firme.
—No me interesa escucharte —dije con frialdad, aunque por dentro se me re