Fabián me jaló del brazo con tanta fuerza que casi tropecé con mis propios pasos. Salimos del restaurante como una tormenta desatada, dejando atrás las miradas sorprendidas de los comensales y la voz de Thomas que aún nos seguía.
—¡TE COSTABA TANTO APARTARTE! —gritó apenas pusimos un pie en la calle. Su rostro estaba desencajado, el pecho subía y bajaba como si no pudiera respirar del coraje.
—¡¿Qué te pasa?! —le grité de vuelta, tratando de soltarme—. ¡No me toques así!
—¿Por qué carajos tie